Al respirar el frio otoñal de Santiago en la mañana, caminando por las inclinadas calles, viendo el ajetreo invisible para el ojo de tarde despertar. Personas enfundadas en ropas abrigadoras para capear el frio, personas cargando los suministros necesarios para el consumo del día, personas tambaleando después de haber consumido todo lo del día anterior.
Caminar por las calles temprano en la mañana te presenta otro mundo, un mundo paralelo, un mundo en otra dimensión del tiempo pero en el mismo espacio. Pocos reparan en la vida taciturna semidormida de un día de semana, donde hasta los ratones que saborean la basura no recogida te miran con ojos extrañados preguntándose que haces tan temprano.
Salir temprano en la mañana te hace ver la ciudad con otra luz, con otra perspectiva, con la mirada de aquel que se esfuerza por llegar a su trabajo para disfrutar de una choca de té con marraqueta embetunada de pasta de ají. También se ven aquellos que preparan la ciudad limpiando las baldosas de los paseos al compás de la música ambiental. Es sentir el ruido incesante de las yeguas transportando cajas, empujadas por jóvenes de músculos mal alimentados, transpirando la gota fría.
Motores a petróleo que ensucian más el aire irrespirable, junto a los bocinazos histéricos del que prefiere dormir hasta más tarde en vez de ser más organizado para no sufrir de estrés.
Quienquiera que está preocupado de la huella de carbón que deja su vivir en el mundo, debiera levantarse temprano en la mañana para ver lo que se necesita para que uno pueda estar de paso por el centro y saborear un café mirando las curvas de una pierna.
El salir temprano me abrió los ojos y los poros, me levantó el ánimo y me deprime, es una mezcla de sensaciones que rememora un capítulo del tantra.



